viernes, 27 de enero de 2012

Postal 1

Salomón Risk Fontes, autor del presente trabajo perio-
dístico, aparece aquí con su esposa Carmelita Arreola,
propietaria del restaurant Sewa Machiria, localizado
en La Alameda localizada al norte de laciudad.
Por Salomón Risk Fontes

     NAVOJOA, Sonora, enero 27 de 2011.- Ochenta kilómetros después de atravesar la ciudad del sol en el noroeste de México, (Hermosillo), el Río Sonora serpentea, asciende: muchos pueblos, todos despojados de basura y estridencias, se yerguen en sus márgenes. En el centro, una iglesia blanca y alta, una plaza del diecisiete y la estación de policía, dibujan el escenario olvidado por ese modernismo que ha trazado la urbe a corta distancia sierra abajo; con la única visión que el parpadeo de un automovilista urbano permite, con esa estrechez de entendimiento fugaz de improvisado turista, el obturador cerebral hace clicks ininterrumpidos de aquello que se vislumbra majestuoso, acaso como un océano en paz dibujado con árboles y algas desérticas y peces y monstruos marinos que de seguro andarán por ahí, entre arbustos y piedras de cara dura haciéndole frente a la circunstancia que esculpió un clima extremo, un desierto en el mar; hay pájaros grandes que parecen águilas. Bellos depredadores que serpentean en busca de alimento vivo y, esporádicamente, zopilotes: también los muertos anidan por ahí; los pueblos fueron ideados por  jesuitas en 1639. Y después de Ures, en fila india, Mazocahui, Baviácora, Aconchi, San Felipe de Jesús, Huépac, Banámichi, Arizpe…La tribu ópata, dicen, es la que habitaba estas laderas. Y las cuidaba bien. Impolutas, blancas y calladas: dignas y serias; viajamos por ellas y, antes de habitar sus entrañas, el entorno lanzó sus redes como un influjo. Un silencio dirigido por los alados envolvió la expectación de estos  turistas que nos maravillamos con todo lo que veíamos, olíamos, respirábamos: una naturaleza con apariencia virgen. De pronto, encontramos que acá, despojada del oropel y lo que conocemos como progreso, existe algo parecido a la vida en bruto, o a la aceptación de consumir lo necesario, en blanco y limpio; se sube. Hacia abajo el paisaje se precipita. Y hacia arriba crece en esa proporción: como una virgen. Un imaginario, en realidad. Cerros de altas cumbres. Arroyos que desde lo bajo arrastran el agua imitando a las mulas de tiro. Ahí se pierde uno entre la nada. Valga el dicho: un infinito terrenal. Es cierto: se está aquí pero sorprende la fotográfica profundidad de campo, un espectro silencioso que lo abraza a UNO,  geografía  trazada con árboles, aguas termales vomitadas por la tierra, y grandes piedras, pedazos muy grandes de cerro que simulan un pastel gigante, cortado así, de un  tajo por la espada de algún cíclope legendario: tal vez de cantera mezclada con olvido y abandono, simbiosis endurecida por la vida, además; a escasos kilómetros de Baviácora, un anuncio viejo y chueco anuncia que abajo, después de agua caliente en el ejido San Pedro, está el pueblo San Felipe de Jesús: se atraviesa la cuenca del Río Sonora y se llega a él; es, como los de acá, poblado que no altera la fisonomía; y que también -se anuncia-, se puede llegar a San Pedro por Aconchi, o incluso salir del ejido por este otro sendero: dos caminos, un atractivo que no difunde lo termal sino lo caliente pero que está ahí, como un parque ecológico al que sólo le falta el certificado de protección de la Unesco para que los sonorenses se interesen más, mucho más por él; a la entrada del ejido San Pedro, una casa de ladrillos exactos ostenta la bienvenida: nadie dice que por 20 pesos UNO puede bañarse, ir por ahí, caminar, acampar, mirar, respirar; ningún letrero lo dice hasta que alguien se apersona y te recibe, te cobra, te orienta; hay albercas y depósitos donde el agua que supura el cerro, cae: ahí es tibia y en la medida que buscas su origen hasta encontrar su brote, hierve. Se dice que es saludable, recomendada por médicos alópatas y familiares, por tradicionales y herbolarios; aunque la llegada no es fácil porque la terracería tiene permanentes y fundamentalmente es larga, a San Pedro arriban camiones con gente afectada psicomotrizmente, o viejos muy viejos, o jóvenes evidentemente dañados por males congénitos, o lo que sea, el asunto es que San Pedro, un parque grande y hermoso es, finalmente, un lugar donde todos buscamos el alivio a males reales o imaginarios, un paraíso al que todos tenemos acceso por 20 pesos o, si no, con verbo de por medio y nada de dinero, un bienestar garantizado por el agua de la tierra y la percepción siempre abierta de los creyentes; del ejido San Pedro se sale alterado porque las imágenes de lo visto y sentido, de lo respirado y también de lo pensado, sufren reacomodos a partir del caleidoscopio del agua, los mezquites a contraluz, una maravilla de sol y sonido verdaderos, hechos lienzo en este paisaje tránsfuga de las grandes inversiones turísticas del planeta; porque acá, a trasmano de esos capitales conquistadores, pervive un aliento primitivo que es su “denominación de origen”; hacia arriba y a los lados del camino de dos carriles, pavimentado y en buen estado, se venden ristras de chile colorado, bolsas de chiltepines rojos o verdes, chile molido, tortillas de harina… aunque esta vez la ausencia de chiltepines es notoria porque la helada de hace un año quemó los cultivos de esta planta prodigiosa; y después de San Felipe de Jesús, el ranchito de Huepac y Huepac mismo, son pueblos que extienden la identidad de los habitantes del Río Sonora; y sigue Banámichi, ahora sacudida por la extracción del oro que los canadienses  le roban a la tierra de la sierra sonorense para enjoyar las  gargantas y antebrazos del globo global;    entre Banámichi y Arizpe, viven los portentosos cerros de la cordillera: esos modelos a escala de la pastelería terráquea; es aquí donde el cielo se junta con la tierra, donde ellos, los cerros, son el eslabón de un ecosistema perfecto. Arriba los grandes pájaros, abajo los pequeños hombres, y en medio esos dinosaurios que tal vez diseñó y labró algún Miguel Ángel Buonarroti, o que tal vez algún cíclope legendario cortó con una espada hechicera: la inmensidad de las alturas es otro alto contraste con el vértigo que ejerce la profundidad, afortunadamente a la mitad, cuidando a estos pequeños hombres, velan los gigantes de dulce que todo lo celebran; a los pies de estos monstruos, hay sembradíos que invaden todos los intersticios. Y en sus cumbres, los alados planean, cazan su sobrevivencia: ojo de lince en gavilanes, halcones, águilas; los cuervos croan desde los árboles, en pareja, desmenuzando el instante, de azul negro, como elegantes filósofos cuyo propósito es diseñar su vuelo al son de un entorno que se mueve pausadamente -como una gelatina-, en esta sierra donde le disputan al agricultor su faena; es el Río Sonora con un hilo de agua en sus tripas; son sus pueblos centinelas flanqueándolo con celo y que hace mucho tiempo se dieron a la tarea de cuidarlo, día y noche, incansables; es una sierra con vida que navega dirigida por la brújula del tiempo sobre un mar pausado; es el noreste en Sonora que guarda sus provisiones para enfrentar sequías que cíclicamente la asolan, crisis económicas de cada año, de toda la vida,  para no perder la fe; conocimos unos cerros, una sierra, una cordillera donde el Río Sonora es solamente la lombriz que se calcina si un sol intenso cae sobre ella; valga el alto contraste. El 2011, poco antes de apreciar la historia del Río Sonora que los jesuitas sembraron en 1639, la minera canadiense Santa Elena, a cielo abierto, con la “tecnología de punta” necesaria, se plantó con la anuencia del gobierno para extraer oro y plata sobre la base de 32 mdd de inversión y 150 empleados de la región. Gran negocio; a unos meses, el flujo acuífero ha disminuido notablemente. Por 150 empleos los canadienses se llevan el oro para vendérselo a los dueños del mundo, se roban el agua, contaminan el aire, matan la tierra.                                                                         
                                                                                       Enero de 2012

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