Los acontecimientos de la semana
pasada evidenciaron que continuará una serie de acciones de política económica
en México, además de las ya tomadas y las en proceso, que deberán ejercer sus
efectos benéficos en el corto plazo, y determinar los resultados económicos
tanto en 2013 como en 2014 y en adelante.
Sobresale el Plan Nacional de
Desarrollo (PND), anunciado por el Presidente de la República, que sin duda
modificará las tendencias económicas —de lento crecimiento— incrustadas en la
economía nacional durante las últimas tres décadas, con tasas de crecimiento
del Producto Interno Bruto (PIB) muy inferiores a las vividas durante todo el
medio siglo anterior.
A diferencia de las acciones a veces
aconsejadas, los resultados ya no dependerán tanto del gasto gubernamental, que
ha venido requiriendo déficit gubernamentales y la generación de deuda pública,
sino de elementos nuevos en los procesos productivos del país.
Por ejemplo, se creó el Consejo
Nacional de Productividad, compuesto de empresarios, académicos, servidores
públicos y participantes del sector obrero, con la tarea de “democratizar la
productividad” y recuperar el dinamismo perdido, que en el pasado siempre fue
parte del prestigio económico de México, que registraba —año tras año—tasas de
crecimiento del PIB de algo más de seis por ciento anual.
México perdió su sabiduría de cómo
crecer y ahora la tenemos que volver a aprender y aplicar, como la han
demostrado en estos años los países del sureste asiático así como Corea y
Taiwán, en el Oriente y Chile y Perú en nuestro Continente.
Una evidente manifestación de esa
sabiduría perdida es el inmenso segmento de trabajadores que conforman la
fuerza laboral y que provienen de la informalidad; representan más de la mitad
de los trabajadores, tienen bajos niveles de productividad y ganan sueldos muy
inferiores a los del sector formal, los que además gozan de los beneficios de
la seguridad social.
De manera que, de no corregirse esas
prácticas, que adquirimos hace poco más de una generación, seguiremos con bajos
ritmos de actividad industrial y baja generación de empleos remunerativos, y
también con las masivas importaciones de alimentos, que nos hemos visto
obligados a comprar en el exterior, por la ineficiencia del sector
agropecuario, cuando antes teníamos un sector rural mucho más activo y productivo;
donde hoy sólo generamos pobreza extrema.
Esa conciencia de que necesitamos
elevar nuestra productividad ya está rindiendo efectos.
De la posición 37 en la
competitividad mundial, México ya escaló cinco lugares para situarse en el 32
de una clasificación de 60 países, entre ellos, siete latinoamericanos. Ahora
estamos muy cerca del que ha sostenido ese liderazgo en nuestra región, Chile,
que se sitúa en la posición 30 de los países evaluados.
México también clasificó en un nivel
muy bueno en “desarrollo económico”, en “eficiencia gubernamental” y en
“eficiencia en los negocios”, en los que avanzó seis y nueve espacios, para
quedar en 29 y 33, respectivamente.
En contraparte, en educación e
infraestructura tecnológica estamos entre los últimos lugares, en los sitios 57
y 52.
México es el segundo país
latinoamericano posicionado, después de Chile, Estados Unidos, Suiza y Hong
Kong, que ocupan los tres primeros lugares.
*Jesús Alberto Cano Vélez
Presidente del Colegio Nacional de
Economistas,
Federación de Colegios de
Economistas, A.C.
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